EL AGUA.-

 Joaquín Araújo

 

 

El agua es la primera palabra.

Por eso es leve, larga, limpia y acaba en el mar, que es todos los diccionarios. Pero antes, a lo largo del camino, es pronunciada por los seres vivos, pues todos somos una de las formas del lenguaje del agua. Un idioma fresco y alegre en el que nunca se repite el mismo término. Por eso es tanta  la multiplicidad vital. Pero ¿ qué esconde el agua para que de su suprema sencillez mane tan amplio caudal de diferentes hijos ?  ¿ No estarán en su recuerdo todas las historias contadas y por contar ?

Brote, fluya, se acueste o penetre, el agua funda y amplifica. Generosa y amplia, vuela, camina, corre y  explora... Y cada vez que se detiene, convierte su fresca  transparencia en un color que huele a certeza y en un sabor que suena a caricia.

Nada, absolutamente nada se renueva fuera del agua o sin agua. Por eso la humedad resulta siempre un doble  amor. Besa lo de dentro y lo de fuera, al mismo tiempo, constantemente. Dibuja, esculpe, copula, fecunda, llena y nace con todos los futuros intactos... Si a veces deshace, es más, mucho más lo que hace. Nada nace que no haya nadado antes. La primera tarea del agua es disolver a cada instante la vejez del mundo y poner en su lugar nueva juventud.

Vivir es beber, ser bebido y muy poco más.  Todo lo que palpita en este mundo es un odre disfrazado. No hay pasión más vasta, ni más continua que la del agua. El agua es siempre eco de ella misma, reciprocidad casi perfecta en el seno del único caso conocido de reencarnación constante. Es la columna de cristal que sostiene todas las promesas que la vida se hace a sí misma. La naturaleza entera es algo mojado, por el agua y por la luz. 

Todo lo que nada, repta, vuela o camina es agua cohesionada y fugazmente atrapada en una forma. Todo lo que busca luz desde un ancla de raíces es  agua puesta de pie. Es más, no hay mirada que no sea líquida.

Y todo eso lo sostiene un paisaje dibujado y esculpido por el fluir de lo que fluye por dentro de todos sus pobladores. A los que, además de engendrar y mantener, refresca.    

Nuestros mismos pensamientos nadan en un lago cuajado de ondas que llamamos cerebro que es, en más de un 90 por cien, de agua, acaso pura.

El agua siempre es ágape, incluso festín: de la llama y del árbol, de la tierra y de las miradas, del mar y de los altos cielos.  Circula como sangre de la roca y de las nubes. Y tiene mucho de espíritu, porque para los más sensibles, es decir los más acuáticos,  nuestro mundo tiene el alma de agua. Acaso por eso  la alegría es una de las formas que tiene el agua de sonreír. 

Pero el agua tiene sed. Sed de libertad, de transparencia, de esas  proas del cielo que son los árboles; sed  de besos ávidos y de miradas admiradas. Nos pide que la limpiemos como ella nos limpia a nosotros, que no durmamos su alegría con una noche oscura en su mismo lecho. Nos pide unos mínimos de complicidad hasta que saldemos la deuda que tenemos hacia ella. Y que sólo podremos saldar si comprendamos que sólo nosotros, los humanos, agua que a veces piensa,  podemos dar de beber al agua.

 

 la web de La risa-VidaSana 2002

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